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Publicado 23 Jul 2026 12:20

· Fuente: Europa Press
¿Poco tiempo? Te resumimos esta noticia y aclaramos las dudas más habituales en un vistazo.

GUADALAJARA 23 Jul. –

La carretera ha vuelto a abrirse, pero el regreso al pequeño municipio de La Mierla, la zona cero del incendio que desde hace una semana asola la Sierra Norte, no tiene nada de rutinario. Los coches avanzan despacio hacia un pueblo que hace justo siete días tuvo que ser evacuado cuando las llamas parecían acercarse a escasos metros de sus primeras casas.

Los pocos vecinos de este pueblecito serrano vuelven con las llaves en la mano y el alivio de comprobar que sus viviendas siguen en pie, aunque alrededor el monte ya no se parece al que dejaron atrás.

Poco a poco, casi con cuentagotas, los escasos habitantes de esta pequeña localidad, puerta de entrada a la Sierra Norte de Guadalajara y punto donde se originó el incendio que ya ha arrasado más de 32.000 hectáreas, han comenzado este jueves a regresar a sus hogares.

El fuego no llegó a entrar en el casco urbano y no hubo que lamentar víctimas humanas, pero sí dejó una huella imborrable en el paisaje que durante generaciones ha acompañado la vida de quienes eligieron permanecer en este rincón de la provincia.

El primero en cruzar la entrada del pueblo ha sido su alcalde, Ricardo Jiménez. Después han ido llegando algunos vecinos, entre ellos Alicia, Emilio y su esposa o Dorota. Otros todavía tardarán unos días más.

Muchos de los residentes de mayor edad optaron por refugiarse durante la evacuación en casa de familiares en lugar de permanecer en el polideportivo habilitado en Humanes, donde Cruz Roja atendió a quienes no tenían otro lugar al que acudir.

Apenas unos minutos después de reabrirse la carretera, el pueblo ha comenzado a recuperar un movimiento que llevaba una semana detenido. Se abren puertas y ventanas para ventilar las casas, se revisan corrales, se intercambian las primeras impresiones entre vecinos y se vuelve, poco a poco, a una rutina que ya no será exactamente la misma. Porque el regreso tiene más de alivio que de celebración.

Las viviendas resistieron y La Mierla conserva intacto su casco urbano, pero basta levantar la vista para comprobar que el incendio ha cambiado por completo el horizonte. Donde hace apenas unos días había pinares y laderas aún algo verde, ahora predominan los negros y grises de un monte reducido a cenizas.

El incendio no entró en las casas, pero sí cambió para siempre las vistas desde sus ventanas. «Lo que yo veía todos los veranos era la posibilidad de que esto ocurriera», resume a Europa Press el alcalde una preocupación que, reconoce, le ha acompañado durante años por la situación del monte que rodea el municipio.

Superada la emergencia, sostiene que ahora comienza una etapa diferente, centrada en recuperar la normalidad y en afrontar una reconstrucción que va mucho más allá de reparar los desperfectos materiales. La prioridad ya no es escapar del fuego, sino volver a vivir.

Comprobar que todo sigue en su sitio, limpiar el humo que ha entrado en algunas viviendas, reparar pequeñas averías y acostumbrarse a contemplar un paisaje completamente distinto al que dejaron atrás hace apenas siete días.

El incendio tampoco ha pasado de largo por las infraestructuras. Aunque el suministro eléctrico y el agua no se han visto perjudicados, el repetidor de internet quedó completamente destruido por las llamas, parte de la red de abastecimiento sufrió daños durante las labores de extinción y la maquinaria pesada dejó visibles cicatrices sobre algunas calles del municipio.

Pese a todo, Jiménez no escatima palabras de agradecimiento hacia el dispositivo desplegado durante la emergencia. Destaca la actuación de los servicios de extinción, la Guardia Civil, Protección Civil y Cruz Roja, así como la atención prestada a los vecinos evacuados durante los días más complicados, cuando la incertidumbre era absoluta y nadie sabía qué encontraría al regresar.

Ahora las preguntas son otras. Nadie sabe cuánto tardará el monte en recuperar el color perdido ni si el incendio terminará teniendo consecuencias sobre un pueblo que ya antes combatía la despoblación. La Mierla apenas supera las cuatro decenas de habitantes censados y muchos de ellos son personas mayores.

El paisaje que rodeaba al municipio formaba parte de su identidad tanto como sus calles o sus casas, y su desaparición abre una nueva incertidumbre sobre el futuro. Hace una semana los vecinos abandonaban La Mierla mirando por el retrovisor el avance del humo. Este jueves han regresado mirando de frente un paisaje que ya no reconocen.

El pueblo ha resistido. Ahora comienza otra batalla, mucho más lenta y silenciosa: la de recuperar el pulso de la vida cotidiana mientras la naturaleza intenta, con el paso de los años, escribir de nuevo, a poder ser en color, el rumbo de una tierra ahora convertida en gran medida en cenizas.


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