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Publicado 30 May 2026 12:57
CUENCA 30 May. –
La Catedral de Cuenca ya trabaja para poner en valor una de las últimas sorpresas que hace una década afloraron en sus trabajos de recuperación de distintos espacios, y es que una de las pinturas que coronaba el ático de la Capilla del Espíritu Santo, siempre considerada una representación de San Andrés, resultó ser una escenificación del mártir San Serapio, pintada por el menor de los hermanos Ricci, secreto que permaneció oculto durante siglos hasta que se acometió su última restauración.
El director de la Catedral de Cuenca, Miguel Ángel Albares, explica en conversación con Europa Press que se trata de «una de las sorpresas que de vez en cuando da este edificio colosal».
La pintura en cuestión, ha recalcado, «se pensaba que era el típico San Andrés crucificado» en una cruz en forma de aspa, pero una vez ordenada su limpieza arrojó una gran sorpresa. «Pudimos ver que a los pies de este crucificado había un hábito de color blanco con un escudo mercedario. Y a partir de ahí, pensamos que debía ser un santo mercedario».
Un análisis más exhaustivo de la obra sirvió para comprobar que el protagonista no estaba crucificado, si que estaba en un aspa mientras «le extraían los intestinos», y ahí estaba la clave de que «no podía ser un Andrés».
Y es que «hubo un mártir mercedario del siglo XIII que marchó a Argel a liberar cautivos con los mercedarios», de nombre Serapio, cuyo martirio corresponde al relato del lienzo.
De este modo, la pintura presenta «personajes moriscos que están abriendo el abdomen de Serapio, extrayendo con una máquina sus intestinos centímetro a centímetro» mientras, además, «lo despellejan por los pies y las muñecas».
Para más sorpresas, oculta tras un doblez del lienzo obligado para poder encajar en el lugar donde se exhibió durante décadas, apareció una firma en letras doradas: ‘Ricci’, una familia «extensa» de pintores, y que en este caso correspondía a Fray Juan Andrés Ricci.
Un artista que, «al principio de su etapa pictórica, trabajaba en el taller con su padre en el convento de Mercedarios Descalzos de Madrid», y a quien le encargaron distintas obras de mártires para la sacristía de la Catedral de Cuenca.
Un fraile que derivó en benedictino y que terminó entrando en la Abadía de Silos, lo que hizo que su colorida pintura en tiempos juveniles tornara a «negros y oscuros».
«Este cuadro lo debió pintar con apenas 25 años, cuando aprendía de los grandes y del taller de su familia», explica Albares, quien recalca que esta obra, al tener plegados hasta 40 centímetros por lado tras el bastidor, no reveló hasta la restauración la autoría de la pintura.
UN «EMOCIONANTE» DESCUBRIMIENTO
La obra ahora reposa justo enfrente de donde estaba colocada, y la idea es poder poner en valor su importancia mejorando este espacio museístico con una mejor iluminación.
En todo caso, permanecerá en la Capilla del Espíritu Santo, mientras una copia ha servido para rellenar el hueco que dejó, justo en frente.
Explica en este punto que el descubrimiento de su autoría supuso «un momento muy emocionante». Todo ello en unos trabajos que arrancaron en la Catedral, pero que obligaron a derivar la responsabilidad a otras manos artesanas una vez comprobado que ‘Ricci’ estaba detrás del pincel.
«Lo llevamos a restaurar a Madrid, al taller de Mari Liz Vadillo, una profesional de la restauración de lienzos de esta época. Fue un momento formidable, una pequeña revolución dentro de la Catedral, una joya de la que siguen saliendo cosas tras tantos siglos de historia».
UNA CAPILLA QUE NO SE AGOTA
El arqueólogo de la ciudad de Cuenca, Santiago David Domínguez, explica por su parte que este hallazgo forma parte del programa de restauración por fases al que está sometido el templo conquense.
Esta obra en concreto resposaba sobre un retablo del siglo XVI, y fue añadida, con toda probabilidad, en el siglo XVIII, un «añadido barroco» que siempre se consideró un San Andrés.
La magnitud del descubrimiento obliga ahora a no devolver la obra a su espacio original, ya que su nuevo espacio otorga más justicia al visitante.
Un nuevo recurso para una capilla ordenada por los marqueses de Cañete, «la familia más poderosa de su tiempo en el mundo», que llegaron a ostentar el Virreinato del Perú.
Una familia responsable de la grandeza de este espacio y cuyos restos ahora reposan en la misma Capilla a la que dieron forma. Incluso, desvela el arqueólogo, se mantienen sus momias en sendas criptas bajo el suelo de la misma capilla.
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