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Publicado 29 Jun 2025 17:49
Andrés Calamaro y su banda pasaron por Uclés en una velada que dejará marca en los asistentes por lo previsto y por lo imprevisto.
No olvidarán quién estaba a su lado o quien faltaba cuando el cantante entonó Mi enfermedad, ni tampoco cómo una velada que se anunciaba como íntima se convirtió en un concierto de rock, salvaje por momentos, que alborotó la paz del monasterio como hacía mucho tiempo que no pasaba en esta tierra de batallas.
Calamaro comenzó la noche con un «Buenas noches a la España vaciada» y prendió la mecha de una dinamita que estalló en la segunda canción, con el meneo rumbero de Sin Documentos.
Un alud de gente se levantó de sus asientos para bailar frente al escenario, en una acción subversiva que recordó a cuando los punkis hacían saltar por los aires las vallas en los conciertos de los noventa.
El argentino bendijo la sedición, la seguridad se rindió a la evidencia y las sillas numeradas se quedaron para guardar los bolsos.
El primer tramo del concierto consistió en un repertorio muy bailable, con canciones con carga sexual como Me arde, con las que Calamaro jugaba a desafiar los límites morales de un templo religioso situado en lo que definió como «enclave de la OTAN cristiana de la época»; con varios temas de Los Rodríguez como A los ojos y Para no olvidar, la rumba que te pone a bailar agarrado a la cintura de los recuerdos.
Mención especial también a la profunda adaptación de El día de la mujer mundial, vestida para la ocasión con acordes del Kashmir de Led Zeppelin, dentro de es juego que practica la banda de poner diferentes máscaras a las canciones clásicas.
Entre canciones, Calamaro practicaba lo que él mismo denomina como el «stand up fascista», comentarios que enmarca en un contexto de humor casi negro.
En una de estas intervenciones reivindicó, coincidiendo con el Día del Orgullo que había sacado a la calle al colectivo LGTBI, en algunos casos desafiando a la autoridad como en la Hungría de Viktor Orbán, «el orgullo heteroxexual pachanguero de la España de en medio».
Dentro de esas intervenciones, el de Buenos Aires se acordó también de la represión para exterminar a la izquierda revolucionaria argentina, de los crímenes de la dictadura militar y de las décadas de corrupción política de su país, además de burlarse de la boda veneciana del fundador de Amazon, Jeff Bezos, y de las frecuentes suspensiones de conciertos de Morrissey.
Calamaro reconoció que probablemente ese «stand up fascista» no tiene mucha gracia, pero también trató de explicar por qué, aunque muchas veces le pidan que no lo haga y se dedique a cantar, él siente la necesidad de compartir sus pensamientos.
Al final, mientras convivan su libertad para expresarlos y la libertad de la gente para rechazarlos o aceptarlos, no debería haber ningún problema.
En cualquier caso, tras una transición a ritmo de blues para presentar la banda, la música se impuso a todo lo demás en el Monasterio de Uclés, donde Calamaro y su banda desplegaron una amplia muestra del que es uno de los más bellos cancioneros románticos en castellano.
Jorge Manrique, que descansa en Uclés, describió el amor como «placer en c’hay dolores / dolores en c’hay alegría/ un pesar en c’hay dulzores/ un esfuerzo en c’hay temores/ temor en c’hay osadía».
Todo eso está en las letras de Calamaro, que a su vez lo aprendió de Carlos Gardel.
En el claustro de Uclés sonaron Los aviones y Crímenes perfectos, letras de ausencia que tienen como trasfondo del dolor padecido por Argentina del que hablaba el cantante en sus discursos; Tuyo siempre, canto sobre la imposibilidad de olvidar, incluso cuando lo mejor; la ya citada Mi enfermedad y Flaca, canción de amores traicioneros.
La banda, con las guitarras bien afiladas toda la noche y los vientos repartiendo pinceladas de color al repertorio, tuvo momentos de especial lucimiento en canciones como Clonzaepán y Circo, en el rock sucio de Alta suciedad y en el gran himno de la noche, Paloma, que hizo saltar lágrimas entre el público cuando ese verso, «Quiero vivir dos veces para volver a olvidarte», pasó por Uclés como un huracán del que nadie pudo salirileso.
Calamaro se despidió de Cuenca con tres bises, entre ellos Estadio Azteca, y cerró dando capotazos de torero la que seguramente ha sido la velada más irreverente e irrepetible que ha acogido el ciclo UCLésMÚSICA.
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