Sudán/Crónica.-Sudán cumple tres años de una guerra marcada por la internacionalización y sin visos de un acuerdo de paz

Publicado 14 Apr 2026 08:41

· Fuente: Europa Press
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El último año queda marcado por el aumento de ataques indiscriminados a centros civiles y las matanzas de las RSF en El Fasher

La guerra desatada el 15 de abril de 2023 en Sudán por las tensiones internas entre el Ejército y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) en el marco de la frágil transición abierta tras el derrocamiento cuatro años antes de Omar Hasán al Bashir cumple este miércoles tres años, con el país sumido en una de las peores crisis humanitarias de las últimas décadas y sin que las partes parezcan cerca de ningún tipo de acuerdo negociado para poner fin al conflicto.

El conflicto estalló tras meses de disputas internas entre los hasta entonces aliados líderes de las Fuerzas Armadas y las RSF, Abdelfatá al Burhan y Mohamed Hamdan Dagalo, respectivamente, unas fricciones que derivaban principalmente de los esfuerzos de integración del grupo paramilitar en la estructura del Ejército, entre suspicacias por los repartos de poder e influencia.

La caída de Al Bashir estuvo causada por un golpe encabezado por Al Burhan –y respaldado por Dagalo– tras semanas de movilizaciones por la crisis económica y para exigir un proceso de transición civil, tarea encargada a Abdalá Hamdok, quien fue nombrado primer ministro para organizar un proceso hacia unas elecciones, periodo marcado sin embargo por la mano militar.

De hecho, Hamdok fue derrocado en un segundo golpe –nuevamente encabezado por Al Burhan y apoyado por Dagalo, entonces presidente y vicepresidente del Consejo Soberano de Transición, respectivamente–, si bien el primer ministro fue restituido poco después para intentar calmar las aguas tras la sangrienta represión de las protestas, motivo por el que acabó por dimitir.

A partir de ese momento, las tensiones sociales y el aumento de las fricciones entre los dos ‘hombres fuertes’ por las suspicacias por las aspiraciones de poder y reparto de los beneficios económicos de los recursos que pudiera tener cada uno llevaron a un punto de no retorno, con la población civil atrapada en el fuego cruzado.

Si bien el origen inmediato de la guerra tuvo su reflejo en estas disputas, el conflicto cuenta con factores históricos que han dado forma a las hostilidades, entre ellas el papel de Dagalo, conocido como ‘Hemedti’, y sus RSF –fundadas durante el régimen de Al Bashir como amalgama de las milicias ‘yanyauid’, ya implicadas en el conflicto desde 2003 en Darfur–.

Sudán ya había atravesado dos guerras civiles desde su independencia en 1956 –tras ser durante la primera mitad del siglo XX un protectorado conjunto de Egipto y Reino Unido conocido como Condominio Anglo-Egipcio, que incluía parte del este de Libia y al actual Sudán del Sur–, un periodo marcado por las tensiones entre el norte y el sur del país.

Las diferencias entre el norte, de mayoría árabe y musulmana y considerado más desarrollado; y el sur, de mayoría cristiana y animista y menos desarrollado –en gran parte por el desigual reparto de riquezas–, llevaron a dos guerras civiles, incluida una entre 1983 y 2005 que estuvo marcada por numerosas atrocidades y derivó finalmente en la independencia de Sudán del Sur en 2011.

Además, en dicho periodo estalló la guerra en la región occidental de Darfur, en la que las fuerzas gubernamentales de Al Bashir, respaldado por milicias árabes ‘yanyauid’, cometieron un genocidio contra tribus no árabes de la zona, lo que llevó al Tribunal Penal Internacional (TPI) a emitir órdenes de arresto contra el entonces presidente y otros altos cargos.

Las nuevas hostilidades pillaron por sorpresa a la población, atrapada en zonas bajo control de alguna de las dos partes, con las RSF haciéndose rápidamente con grandes partes de Darfur y Kordofán –sus bastiones históricos– y con la capital, Jartum, lo que provocó que las autoridades tuvieran que trasladar su base a Puerto Sudán, a orillas del mar Rojo.

Las primeras etapas estuvieron además marcadas por nuevas acusaciones contra las RSF por matanzas y atrocidades en Darfur, incluido el asesinato en junio de 2023 del gobernador de Darfur Occidental, Jamis Abakar, y la masacre de más de 800 personas en noviembre de 2023 en Ardamata, con la comunidad masalit como principal víctima de los paramilitares.

El recrudecimiento de la guerra, que ha derivado en la mayor crisis de desplazamiento del mundo, y el fracaso de las negociaciones de 2023 en Arabia Saudí, llevó al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a aprobar en marzo de 2024 una resolución pidiendo un cese inmediato de la violencia, lo que abrió la puerta a un proceso mediado por Libia y Turquía, si bien quedó en nada por las exigencias del Ejército para que los paramilitares se retiraran antes de las zonas que controlan.

Posteriormente, las Fuerzas Armadas lograron un renovado impulso sobre el terreno, con una ofensiva en la segunda mitad de 2024 que les permitió recuperar el control de Jartum y las adyacentes Omdurmán y Bahri, en un varapalo para las RSF, que respondieron con un acuerdo con grupos opositores aliados para crear un gobierno paralelo y ataques coordinados en Darfur.

De hecho, las RSF lograron en octubre de 2025 tomar El Fasher, capital de Darfur Norte y la última gran ciudad bajo control gubernamental en la región, donde durante los días posteriores perpetraron matanzas, secuestros, torturas y violencia sexual contra la población, que llevaba cerca de 18 meses bajo cerco de los paramilitares.

El grupo ha puesto desde entonces su foco en la región de Kordofán, donde ha logrado avances con apoyo del Movimiento para la Liberación del Pueblo de Sudán/Norte-Al Hilu (SPLM/N-Al Hilu) –un grupo rebelde activo principalmente en esta zona–, en medio de denuncias de la ONU y ONG sobre un creciente uso indiscriminado de drones y artillería entre las partes.

La guerra ha estado marcada casi desde su inicio por su internacionalización, con la implicación de actores regionales y extrarregionales, lo que ha ayudado a encastillar a los rivales, que siguen confiando en poder imponer su dominio en el campo de batalla y lograr una victoria militar.

Las autoridades sudanesas han acusado a Emiratos Árabes Unidos (EAU) de ser el principal apoyo de las RSF y han presentado documentación a la ONU con pruebas sobre la entrega de armas, material y financiación a los paramilitares, principalmente a través de Chad, un país en alerta durante los últimos meses por varios ataques contra su territorio.

Jartum, que habría contado con apoyo en distintos grados por parte de Egipto, Irán y Turquía, ha denunciado además el papel de Etiopía por su supuesto respaldo a las RSF, que han tenido además ayuda de mercenarios del antiguo Grupo Wagner y de las fuerzas leales a las autoridades del este de Libia, encabezadas por Jalifa Haftar.

Sudán se ha mostrado además crítico con el papel del asesor principal de Estados Unidos para África, Massad Boulos –quien presentó recientemente un nuevo marco para impulsar un diálogo–, al tiempo que ha cargado contra otros países, como Etiopía, por mantener su apoyo a las RSF y alargar con ello la guerra.

El plan de Boulus cuenta con «cinco pilares»: una tregua humanitaria inmediata; un acceso humanitario sostenido y la protección de los civiles; un alto el fuego permanente y acuerdos de seguridad creíbles; una transición política inclusiva y encabezada por civiles; y un camino a largo plazo hacia la recuperación y la reconstrucción que restaure la estabilidad y las oportunidades para el pueblo de Sudán.

Sin embargo, Al Burhan insistió en que no aceptará ninguna propuesta que no incluya una retirada de las RSF. «Los combatiremos hasta que se rindan», dijo en respuesta, en una muestra de que la guerra, que está además alejada de las prioridades de la agenda política internacional, entra en su cuarto año sin visos de terminar en un futuro próximo.


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