
Las constantes tensiones entre Afganistán y Pakistán derivan en un nuevo conflicto abierto
Publicado 28 Feb 2026 09:22
Islamabad adopta una postura de poder duro tras años de denuncias sobre el apoyo de los talibán al grupo armado TTP
Las autoridades de Pakistán y Afganistán, encabezadas por los talibán desde que se hicieran en agosto de 2021 con el control del país centroasiático en plena retirada de las tropas internacionales, protagonizan las últimas horas en un nuevo conflicto, muestra de las constantes tensiones de los últimos meses en la frontera, especialmente por los repetidos ataques terroristas de Tehrik-i-Taliban (TTP) en suelo paquistaní.
Los ataques por parte de TTP, un grupo conocido popularmente como los talibán paquistaníes –y designados por Islamabad como Fitna al Juarij para resaltar que los considera extremistas desviados de la línea de la religión musulmana– han repuntado durante los últimos meses, dejando cientos de muertos –entre agentes de seguridad y civiles– en la provincia de Jáiber Pastunjua.
Esta provincia, en la que los pastunes son mayoría –al igual que en zonas del este y sur de Afganistán, al otro lado de la frontera–, ha sido escenario de inseguridad e inestabilidad desde hace años en medio de las acusaciones desde Islamabad contra los talibán e India por su supuesto apoyo a TTP para sus ataques, con el objetivo de socavar la seguridad en el norte de Pakistán.
Asimismo, la zona es epicentro de una disputa territorial derivada de la falta de acuerdo sobre la delimitación fronteriza, marcada por la Línea Durand, establecida en 1893 tras un acuerdo entre el entonces secretario de Exteriores británico en India, Mortimer Durand, y el emir afgano Abdur Rahman Jan para delimitar las esferas de influencia.
Tras la independencia de Pakistán en 1947, Islamabad pasó a reconocerla como su frontera con Afganistán, si bien Kabul no dio tal paso, lo que ha provocado tensiones constantes, especialmente debido a que divide además a las comunidades pastunes y baluches que viven a ambos lados de la frontera, con disputas sobre la delimitación y colocación de puestos fronterizos y de seguridad.
Sin embargo, dichos contenciosos habían permanecido relativamente controlados durante los últimos años, una situación que ha cambiado de forma drástica durante los últimos meses a causa de las actividades de TTP, que han llevado a Pakistán a adoptar una línea mucho más dura y a lanzar amenazas contra los talibán por lo que consideran una inacción a la hora de combatir al grupo terrorista.
La inseguridad en Pakistán se ha expandido además a zonas de Baluchistán, que también comparte parte de la frontera con Afganistán, en este caso por los ataques por parte de los separatistas del Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA), al que Islamabad acusa de recibir también apoyo de India, llegando a referirse al grupo como Fitna al Hindustan para destacar el supuesto apoyo de Nueva Delhi.
El último repunte de las hostilidades se enmarca en unos enfrentamientos de diferente intensidad en la frontera desde diciembre de 2024, cuando Pakistán lanzó una oleada de bombardeos contra la provincia afgana de Paktika (este), tras reiteradas advertencias sobre una posible intervención por «no cumplir sus promesas» a la comunidad internacional de combatir el terrorismo en su territorio, en referencia a TTP.
Los combates alcanzaron un nuevo nivel en octubre de 2025, con un enfrentamiento por tierra en Jáiber Pastunjua que llevó a Islamabad a lanzar bombardeos contra varias provincias y la capital, Kabul, con el objetivo declarado de matar al líder de TTP, Nur Uali Mehsud, si bien el grupo aseguró que éste había sobrevivido a los ataques paquistaníes.
Los bombardeos llevaron a los talibán a lanzar ataques contra puestos de control de Pakistán en la Línea Durand, desatando unos enfrentamientos que se extendieron varios días hasta que las partes alcanzaron un alto el fuego con mediación de Qatar y Turquía, si bien las acusaciones cruzadas han continuado desde entonces.
A ello se suman las críticas que Kabul e Islamabad se echan en cara en torno a las actividades de otros grupos armados, incluidos el BLA y el Frente Nacional de Resistencia (FNR) y el Frente por la Libertad de Afganistán (FLA), ambos enfrentados con los talibán y el primero de ellos considerado como el sucesor natural de la Alianza del Norte, que combatió a los fundamentalistas del lado de Estados Unidos durante su invasión de Afganistán en 2001.
Pakistán, que también ha intentado imponer presión sobre los talibán a través de sanciones, el bloqueo del comercio bilateral y el cierre fronterizo, ha expulsado además durante los últimos meses a cientos de miles de refugiados afganos, en una muestra de una crisis multifacética que eleva la presión sobre Islamabad por lo que se considera un fracaso de las autoridades a la hora de hacer frente a la inseguridad.
Las conversaciones de los últimos meses entre Afganistán y Pakistán para consolidar un alto el fuego y resolver el contencioso se han visto marcadas por los citados ataques de TTP, que llevaron a Islamabad a intensificar sus operaciones de seguridad y ahondar en sus exigencias a Kabul para que aborde la situación.
Los talibán han alegado en reiteradas ocasiones que no dan apoyo al grupo y han dicho que se trata de un conflicto interno que debe resolver Pakistán. De hecho, el portavoz del Gobierno afgano, Zabihulá Muyahid, ha reiterado este viernes que Kabul aboga por «el diálogo» y ha afirmado que «la guerra civil» en Pakistán «es un asunto interno» sin relación alguna con Kabul.
La falta de entendimiento sobre este punto –con las conversaciones estancadas desde noviembre de 2025– ha sido usada como argumento por Islamabad para sus recientes operaciones en Afganistán, incluida una el 21 de febrero que llevó a los talibán a denunciar cerca de 20 civiles muertos en ataques contra lo que Pakistán describió como bases de TTP y Estado Islámico.
Los talibán presentaron tras ello una «queja formal» ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y reclamaron «el cese inmediato de estas acciones», después de que las autoridades afganas alegaran que podrían recurrir a su derecho a la legítima defensa, paso que dieron el jueves con una nueva ofensiva en la zona fronteriza.
Los ataques han llevado a Pakistán a lanzar de nuevo una extensa campaña de bombardeos –que, según sus datos, ha matado a cerca de 275 supuestos talibán y «terroristas», en referencia a miembros de TTP–, en línea con el viraje de Islamabad de la diplomacia a la fuerza bruta para hacer frente al problema, algo que Islamabad ya ha defendido que seguirá haciendo para luchar contra el «terrorismo» en sus fronteras y más allá.
Los últimos bombardeos paquistaníes han golpeado lugares de importancia simbólica, incluida la ciudad de Kandahar, considerada el lugar de nacimiento de los talibán y donde se sitúa su auténtico nucleo de poder, incluido el líder supremo del grupo, el mulá Hebatulá Ajundzada, quien reside en la zona, desde donde dirige las actividades y las decisiones de las autoridades afganas.
Asimismo, fuentes citadas por la cadena de televisión afgana Amu TV han indicado que entre los objetivos atacados figura una antigua vivienda en Kandahar del mulá Mohamed Omar, fundador de los talibán y emir de Afganistán entre 1996 y 2001. El líder talibán, muerto en 2013 a causa de tuberculosis –un extremo confirmado dos años más tarde por los fundamentalistas– sigue siendo una figura reverenciada en la formación.
Pakistán ha incidido en las últimas horas en que «el opresor régimen talibán tiene que adoptar una elección clara: entre TTP, el Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA), Estado Islámico, Al Qaeda, terroristas y organizaciones terroristas, o Pakistán», en clara referencia a que mantendrá su vía militar si el diálogo que piden los fundamentalistas no deriva en un acuerdo que vaya en línea con sus intereses de seguridad.
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